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LA Pulpería, El Pulpero. Por Carlos Sosa Ovalles

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LA PULPERIA, EL PULPERO

CARLOS SOSA OVALLES

 

La mayoría de los pulperos que laboran en los campos, merecen ser condecorados. Sabemos las diferencias que hay entre un supermercado, un colmado o colmadón y una pulpería… Los supermercados funcionan en las ciudades. Tienen góndolas con todas las variedades de productos, áreas de carnes, ferreterías, etc. Permiten tarjeta de crédito y van a comprar los ricos...Los colmados están medianamente abastecidos. Algunos con servicios a domicilio. Los llamados colmadones son iguales, sólo que preparan espacio para beber, ver TV, escuchar  música y hasta bailar. Las pulperías  funcionan en los campos y pueblos. Son establecimientos sencillos donde venden algo de comestibles y  bebidas. Son la salvación de las familias de escasos recursos, que no pueden ir a comprar a la ciudad. Todo se vende al detalle, la salsa de tomate, arroz, salami, etc. A la medida del bolsillo del cliente. La gente no tiene dinero. Los agricultores, los echa día, los que trabajan en casa de familia, están esperando un golpe de suerte  para pagarle al pulpero o abonarle algo. Las pulperías están al borde de la quiebra.

Todo lo que venden es fiao, a crédito. Los cuadernos  donde anotan las deudas, están llenos. El campo entero les debe. No tienen capital para comprar productos y deben pagar a los suplidores. La comunidad entiende su situación. Por eso, no puede gastar un chele en otra cosa. Deben pagarle al pulpero o  cerraran las pulperías.  El pulpero ayuda a sobrevivir. Es un banco de desempeño. Paciente y comprensivo, conoce las necesidades de  todos aquí. Muchas veces no sólo  fía la comida sino que tiene que prestar dinero  para las emergencias, como llevar un enfermo al medico, o la universidad de las muchachas, etc. Sabe del que se está cayendo muerto. Por eso da ñapa. Sabe aguantar. Me pregunto, ¿cuándo el Gobierno le dará prioridad a la inversión en el campo para que vivan mejor?

La pulpería es uno de los espacios más antiguos, funciona casi desde la época colonial. La vida social y económica de los pueblos tenía ahí su punto de contacto. La prestación de servicios, la reunión de personas de distintas edades, el correo, las noticias, el chiste, el comentario político y deportivo se sucedían y suceden en torno al mostrador o al corredor de la pulpería.  Punto de interrelación en lugares, cambia su estructura de acuerdo con la ubicación geográfica: no es igual una pulpería en el campo que en la ciudad. En la zona rural, generalmente con dos puertas y ventana de hoja de madera al centro, sin faltar la banca extendida, adecuada para "la conversona". En su interior detrás del largo mostrador los artefactos de radio y televisión para compartir el partido, las elecciones, etc. La vitrina con chuchearías ancestrales descoloridas por el tiempo y la intemperie sin la amenaza de la fecha de vencimiento. Además una especie de pegacartel con noticias de bailes, reuniones, excursiones, actividades deportivas. "Hoy no se fía, mañana sí" es la leyenda usual en la pulpería dominicana colocada por el pulpero. ¿Quién no recuerda haber visto el dibujo del que vendió a crédito, todo flaco y arruinado, a la par del que vendió al contado, tan rozagante y bien vestido?   Son posibles numerosas actividades alrededor de la pulpería: movimiento de personas, el marco funcional, la respuesta al medio social y la simbolización cultural.

 Es un lugar que establece, sobre todo en el área rural,  posibilidades de vida social. Es parte del espacio comunal donde se generan funciones de comunicación que son parte de la vida cotidiana de muchas personas, por la transmisión o papel comunal de centro de información en oral y escrito.  Muchas veces se trata de espacios de representación popular por su sencillez y mesura.

Que dice mamá que lo apunte.

Detrás del mostrador está el pulpero, personaje que está separado físicamente de los consumidores, pero en mayor relación interpersonal que en otro tipo de establecimientos de autoservicio, también necesarios.

Todo criollo lleva en algún recoveco de su memoria un lugar especial conectado directamente a su corazón.  Más allá de la casa en donde dio sus primeros pasos, de la escuela en donde descubrió la magia de la lectura o de la iglesia en donde escondió sus primeros miedos, está un pequeño lugar lleno de aromas entremezclados, de filas policromáticas de etiquetas, de pesas y medidas y tintineo de monedas.  Se trata de la pulpería del barrio.  Destino ineludible del diario acontecer del criollo.  Lugar en donde se exponen las necesidades básicas de la familia, las tristezas y alegrías del barrio, las noticias propias y ajenas.  Recinto de encuentros informales, el club social de la cuadra, el muro de los lamentos.  Eterna romería buscando la más inverosímil variedad de artículos: arroz, trabas, chicles, leche, cigarros, bolones, gaseosas, candelas, helados, golosinas, manteca, curitas, jaleas, jabón, pasta de dientes, tortillas, frutas, analgésicos, pan dulce, galletas, frijoles cocidos, aceite, frutas, queso, toallas sanitarias, desinfectante, margarina, lápices, especias, afeitadoras, dulce, pan francés, esquimalitos, café, peines, azúcar, fósforos, papel higiénico, bolsitas de shampoo, jugos, cuajadas, cordones, kerosén, sal, cloro, baterías y tantas cosas más.            

 

En el lenguaje familiar este local asume el apelativo referencial de “la venta” a secas, sobre entendiéndose que se trata del pequeño comercio más cercano y que formalmente adquiere el nombre de “pulpería” y que es acusado por un rótulo patrocinado por algún proveedor.  Este nombre tiene su lugar de nacimiento en Sudamérica, específicamente en Argentina y Uruguay, allá por el mil seiscientos y algo y se asume que llegó a nuestro país a finales del siglo XIX, tal vez por la asidua lectura de Martín Fierro, cuyos relatos giran en muchos casos en torno a este local.  A medida que la economía nacional fue fortaleciéndose a inicios del siglo XX, los grandes almacenes y los comisariatos en las fincas agropecuarias dejaron de tener el monopolio del comercio, dando lugar a pequeños expendios de productos básicos que empezaron a proliferar en todo el territorio nacional, tanto a nivel rural como urbano.

 

Debido a que por tanto tiempo la pulpería ha estado presente en la vida de los dominicanos, el origen de este nombre no produce una extrema curiosidad.  Lo cierto es que nadie sabe a ciencia cierta cuál es el origen de este vocablo.  Algunos explican que puede derivarse del hecho de que en ese local se vendían frutas y su pulpa, a manera de conservas.  Otros lo relacionan con el hecho de que el propietario necesitaba muchas manos, como un pulpo, para atender a sus clientes.  Otros, un tanto despistados, lo derivan de pulquería, el expendio mexicano en donde se vende el casi extinto pulque. 

 

Como en todo negocio, algunas pulperías fracasan con el tiempo, otras, sin embargo, consiguen consolidarse, desarrollarse y ser una fuente de bienestar para sus propietarios.  Los elementos que influyen en el éxito o fracaso de estos pequeños comercios están concentrados básicamente en el carácter del propietario.  Antes que nada debe de ser un emprendedor nato, no alguien que le cayó el negocio del cielo y tiene que jinetear el macho.  Esa vocación para el negocio también se manifiesta en la capacidad para distinguir entre el costo de venta, el precio y el margen de ganancia, a la par de una extrema habilidad para las operaciones matemáticas básicas.  Debe de contar también con una enorme paciencia que le permita movilizarse aun para despechar el artículo con el menor precio.  Tiene que contar con un liderazgo que convierta su negocio en el centro social del barrio y genere la confianza para que sus clientes confíen en su persona y con el tiempo pueda convertirse en confidente o confesor de sus clientes.  Es imprescindible que sepan sonreír de manera constante y con naturalidad, sin embargo, detrás de una actitud bondadosa deben de tener la firmeza necesaria para administrar el crédito, otorgándolo a quienes puedan asegurar una eficiente recuperación y si es posible puedan resarcirle el costo del capital en dicho período.  Seguramente todo pequeño comercio próspero tiene a una persona con estas cualidades al frente. 

  

Muchas personas, especialmente en la capital, prefieren realizar la mayoría de sus compras en los supermercados, tal vez por la facilidad de encontrar un mayor surtido, escoger directamente el producto que se busca o quizá por el placer subliminal de empujar una carretilla al ritmo de una música de fondo, (status), no obstante, siempre estará una pulpería a mano para lo inmediato. 

  

Sin importar dónde compre, a cada dominicano de vez en cuando le asalta el recuerdo de algún detalle de la pulpería de su barrio, como por ejemplo en ocasiones me viene a la mente las canquiñas de José Rivas, los mabís y las yaboas cenizas de Chamón, los dulce papiamento de Sandino, el queso de hoja de Roberto y la serenidad, la paciencia y la jocosidad de Balbo.   Cuando el destino nos pone de nuevo en el umbral de una pulpería, nos ocurre lo que expresaba César Isella en su “Canción de las simples cosas”: “Uno vuelve siempre a los viejos sitios en que amó la vida, y entonces comprende como están de ausentes las cosas queridas”.

 

Está presente una denominación poco convencional en Estados Unidos pero el espíritu de la pulpería se hace presente en el sitio más insospechado  frente al mismo mostrador donde se congrega más de algún cibaeño para indagar por el precio del sobre de café, la sopa Maggi, El Mejoral o la más reciente edición de Pluma Libre. A falta de noticias alentadoras sobre la recuperación del país, el dueño, quién no se identifica como pulpero sino como miembro honorable de la Cámara de Comercio de la Republica Dominicana en el exilio, nos sugiere una “pequeña” para matar la sed y revivir las nostalgias. Como entidad preocupada por perpetuar las tradiciones villamellenses no puede faltar el ofrecimiento de una libra de chicharrón debidamente certificado a un precio que excede en un 40%  al asignado a una libra de pulpo de la más refinada Delicatessen en Palm Spring. Allí las cosas queridas no están ausentes, brother, pero cuestan un ojo de la cara.

 

La universidad de la vida lo condecora sin más aplausos que el zummmm de las abejas en los costales de azúcar pardo y la vocecita de la niña María sin peinar empinada ante el mostrador con los ojos de pichón asustado:

__Que dice mamá que  lo apunte…

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Comentarios LA Pulpería, El Pulpero. Por Carlos Sosa Ovalles

guena me alludaste caleta pa mi monologo de la clase de historia
Mario Villar Mario Villar 09/08/2010 a las 03:11
Que nadie puede poner la foto de un simple pulpero!
No quiero la pulpería, quiero el pulpero!!!
anonima anonima 29/08/2010 a las 22:43
Complacido con la foto.  Un pulpero dominicano de pura cepa.

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